La máquina del tiempo. Final.

Publicado en Relatos de mi cosecha el 3 Febrero 2010 por sega

Estaba sentado en aquel sillón grande y cómodo que había en la habitación, y no en el diván como le propusieron la primera vez. Había luz, suficiente, aunque tenue. Era una luz tranquila, conciliadora.

El psicólogo escuchaba pacientemente, a veces incluso parecía no escuchar nada, otras no prestar atención.

Él, después de cuatro meses seguía aturdido y confundido. Había entrado en depresión y de seguir así, el psicólogo lo mandaría al psiquiatra.

Intentaba explicarle una y otra vez cómo se sentía. Realmente no sabía ni donde vivía. A veces creía estar con once años, a veces reconocía su edad. Echaba demasiado de menos a su madre, fallecida ocho años antes desde esta conversación.

Cada mañana, él pedía irse temprano porque su madre estaba preparándole el cola cao y las seis galletas. También, cada día, se sentía estúpido por no haberse acordado de la edad que tenía cuando regresó a los once años.

El caso es que, y llegados a ese punto, no tenía tampoco claro que realmente hubiese pasado así, quizá fue soñado. A saber qué cosas le pudo meter el científico en su bebida para que creyese regresar a los once años. Si al menos pudiera volver a localizarlo, quizá volvería a intentar regresar con el poco dinero que tenía ya reunido.

Hacía al menos dos meses que el científico desapareció de su casa. Se fue para no volver, o al menos eso dijeron los vecinos más próximos a él.

El psicólogo pensó que se trataba de alguna neurosis psicótica producida por alguna alteración o impresión, de la que y si todo iba bien y con descanso podría salir de ahí.

Pero  él…

El psicólogo y viendo que no había posibilidad ninguna, llamó al psiquiatra aquella mañana. Se personó lo antes que pudo y decidieron internarlo en un lugar hasta que la medicación hiciera efecto.

Se reveló contra ellos, pero nada pudo hacer cuando le sujetaron con las cintas.

Una vez en el centro, lo ingresaron en una habitación blanca impoluta. Soledad y quietud se respiraba.

A los pocos minutos, otro médico le visitó, le sonrió y le dijo que se tranquilizara, que todo iba a ir bien.

Lé pinchó algo a lo que quiso resarcir. No tuvo éxito.

Comenzó a entrarle sueño, entonces y antes de dormirse se acordó del mágico día de su cumpleaños de los once, y sonrió. Y fue entonces y sólo entonces cuando se acordó de aquel día de los once años, en que en un lance del juego se cayó y se hizo una herida en la rodilla.

Levantó la cabeza como pudo… apenas se veía su rodilla…

Y ahí estaba aún su casi extinta cicatriz.

La máquina del tiempo. 3ª parte.

Publicado en Relatos de mi cosecha el 1 Febrero 2010 por sega

Se despertó. Debía ser temprano porque miró hacía las rendijas de la persiana y no parecía traspasar demasiada luz. Se estiró y se incorporó somnoliento. Vió la antigua máquina de coser de su madre que guardaba en su habitación. Le sonó entre extraño y familiar pero no deparó en eso, saltó de la cama descalzo y se dirigió hacia la cocina. Desde allí el sonido enlatado de la radio de su madre, mientras limpiaba los últimos platos y hacía el desayuno.

Ponte las zapatillas” gritó su madre conforme le vió. Él se sentó malhumorado, apoyó su cabeza con su mano y ahí se quedó hasta que su madre le puso el cola cao con seis galletas.Siempre, cuando su madre no le veía, cogía dos o tres más.

Sabía que tenía que hacer algo, pensó hacer algo días atrás, pero no recordaba bien qué era aquello que tenía en mente. Siguió desayunando y su madre le dió un beso y le dijo: “Anda, felicidades” dándole un regalo. El lo abrió rápidamente y era un pijama infantil. Le pareció perfecto y quisó ponérselo, de hecho se lo puso y le quedaba genial, algo largo de pantalón, pero para un niño de once años, eso daba igual.

Habían quedado sus amigos por la tarde a celebrar su cumpleaños.

Después de comer, su madre empezó a hacer canapés de mortadela, queso, chorizo, salchichón y nocilla. También hizo platos de plástico de gusanitos, patatas y gominolas. Sacó del carro de comprar unos cuantos litros de refrescos de cola, limón y naranja.

Él mientras se duchaba -semi obligado por su madre-. Indudablemente, a su edad,  no iban chicas en su fiesta.

El primero en aparecer en su fiesta fue su compañero de colegio, vecino y amigo, Manolo. Siempre fue algo obstentoso y siempre quiso que su regalo fuese el mejor. Éste tenía que ser algo relacionado con ropa porque el tamaño del envoltorio así parecía. No quiso abrirlo hasta que no estuvieran todos.

Después apareció Javi y More, estos no se molestaron demasiado en envolverlo. Total, aunque así lo hicieran todo el mundo sabría que era el balón Tango Azteca oficial de la liga española del 86. Antes que llegasen todos propusieron bajarse a probarlo. Evidentemente hubo división de opiniones y decidieron quedarse, unos por gusto y otros por necesidad.

Siguieron llegando; Cantarero, Fran, Antonio Jesús, Juan…

Sopló sus once velas, aunque vió como alguno también lo hizo y eso no le gustó demasiado. A punto estuvo de repetir, aunque había quienes querían desde hace un largo rato meterle mano a esa tarta de chocolate que le había hecho su madre.

Después de alguna discusión sobre que no metieran la mano en la tarta antes de trozearla, termiaron de engullir la tarta y rápidamente bajaron a la “tierra amarilla” donde tenían cuatro agujeros, dos a ambos lados, como porterías para estrenar ese balón. Evidemente el regalo de Manolo era una equipación de fútbol. Concretamente era del equipo de fútbol de la universidad donde trabajaba su padre. Era verde oscura en la camiseta y pantalón blanco. Las medias eran blancas con una franja verde. Él también la tenía con que ambos bajaron vestidos de la misma forma, y creyeron -como casi todas las tardes- ser futbolistas. Y no, nadie se puso malo por no guardar algo de tiempo entre la digestión de la merienda y el partido, y si, se cayeron, se pegaron, pero nadie salía herido de aquellas pequeñas batallas campales, algo de heridas y sangre pero nada como para preocuparse, lo propio de aquella edad.

El día había pasado, y su madre le mandó a la cama, mientras esperaba a que su padre llegase del trabajo. Cerró la puerta del salón.

Él, acostado, oía la televisión de lejos y pensó que había sido uno de los mejores días de su vida. Antes de dormirse, volvió recordar en que algo le quedó por hacer pero ¿qué?… y no pudo más, le ganó el sueño.

Continuará…

La máquina del tiempo 2ª parte

Publicado en Relatos de mi cosecha el 29 Enero 2010 por sega

Era millonario por herencia, y toda la vida se había acostumbrado a tener todo aquello cuanto deseaba. Aún así, había tenido que ahorrar durante unos años para satisfacer esa gran suma de dinero. Este era su último capricho, volver a los once años de edad.

Se enteró de la posibilidad por un vecino de su barrio. Desde entonces apenas se le veía. Justo antes de partir con destino a su futuro, le contó que cierto científico había inventado la máquina que a través de polarizar protones y electrones durante la fase rem del sueño de una persona, conseguía viajar más rápido que el propio tiempo,  además complementándolo con un reloj biológico que calculaba de manera precisa hacia dónde se viajaba -pasado o futuro-.

Ahora era él quien se había puesto en contacto con el científico. Éste le había además comentado de varios inconvenientes que debían tratar, pero que aún desconocía.

Abrió su portatil y una vez comprobado en sus múltiples cuentas que la cantidad de dinero era necesaria, comenzó a hacer ingresos uno tras uno, hasta que terminó todas las operaciones. Se encargó de recoger todos los recibos de la impresora y llamó a su chofer.

En diez minutos se plantó en la puerta del científico. Probablemente era la casa más ruinosa de las que había visto.

El científico le hizo pasar. Estaba con una bata blanca y unas gafas de culo de botella. No dijo nada, tan solo le hizo un gesto con la mano hacia dentro.

Pasaron y se sentaron en un salón museo, de los que jamás se habitan. El olor a humedad y cerrado era característico de aquel habitáculo. Cuando el científico subió una de sus persianas, pudo ver múltiples libreros con libros de todos los tamaños y colores. Todos los libreros estaban cerrados con puertas de cristal y su respectiva cerradura, como quien guarda los secretos más ocultos.

El científico comenzó a explicarle los entresijos del viaje.

Como ya le comenté por teléfono señor, hay una serie de características que debería Vd., saber antes de partir.

Lo primero es que la comida hoy la hará aquí. Será una comida protéica y suave, nada de café ni excitantes, todo lo contrario, Vd., se tomará una tila de hierbas que le haré posteriormente y se introducirá en la máquina. En cuanto comience el sueño REM que estará programado para la hora y media posterior a su ingreso en la máquina, Vd., viajará a sus once años.

Tendrá Vd., 24 horas en el pasado, hasta que Vd, vaya a la cama, desde entonces Vd., regresará al presente y volverá a reencotrarse conmigo.

Hasta ahora ningún paciente tuvo problemas para regresar, no obstante le pondré una pequeña pulsera que contiene un chips que a las 24 horas romperá una cápsula de la cual se introducirá en su torrente sanguíneo su contenido y le hará dormir. Así garantizamos su salud“.

Él apenas escuchaba, estaba ansioso por entrar en la máquina. El científico siguió contándole cosas sobre su viaje, pero él quería sentir por un día aquella vida que recordaba con tanto anhelo. En su cabeza estaban muchas ideas sobre qué le diría a su madre, y a sus amigos, y que haría durante aquel día que tenía. Venticuatro horas no eran demasiadas, pero suficientes. Merecía la pena invertir esa exagerada cantidad para volver a vivir un día de once años.

Al rato almorzó tranquilamente, tomó aquella taza de té caliente con sabor a hierba, hierbabuena y leña y rápidamente pidió ir a la máquina.

El científico le condujo hasta el desván de la casa. Abrió nervioso la puerta y le invitó a entrar en la máquina.

Justo antes de cerrar le dijo: “Recuerde lo que le dije, no le recomiendo el viaje, puede Vd., sufrir posteriormente alguna alteración psíquica, está Vd., seguro?”. El Asintió con la cabeza.

Un golpe secó cerró la compuerta, encendió la máquina . El científico se quedó sentado, cabizbajo. Ya no había vueltra atrás.

continuará…

La máquina del tiempo. 1ª parte

Publicado en Relatos de mi cosecha el 28 Enero 2010 por sega

Entró en casa algo cabizbajo. Soltó la gabardina en su antiguo perchero de madera. También soltó el maletín y el paraguas. Por último desenredó su bufanda, pero se lo pensó dos veces y prefirió dejársela puesta durante un rato.

Abrió el cajón de la mesa auxiliar del pasillo de entrada, y entre papeles, cintas adhesivas, algún que otro candado, enchufes y un largo sin fin de cosas, encontró el manojo de llaves.

Lo cogió, se quedó un momento pensando, suspiró, y prosiguió su camino.

Comenzó a subir escalones hasta llegar al último tramo de la casa, aquel donde nunca, o casi nunca visitaba. Aquel tramo donde los peldaños de madera sonaban más que en ningún otro tramo cuando andabas por ellos.

Metió una de las llaves. No era la correcta. Siguió probándolas todas hasta que dió con la llave que abría el pequeño desván olvidado de la casa.

Empujó el interruptor y se encendió aquella bombilla solitaria y llena de polvo.

Al fondo, allí estaba ella, inmovil, tapada con una manta. Silenciosa.

Se sentó en el suelo, a su lado, y pensó que toda la vida había deseado ser científico y cuando lo conseguía y más cuando conseguía por fin hacer un gran descrubrimiento, sería el más cruel de los guiños de la vida, ahora se veía atrapado por ese pasado cubierto por una manta. Dependía más que nunca de ella, y tenía que volverla a sacar a la luz.

Esta vez” -pensó- “pediré tanto tanto dinero que será la última vez que se vea“.  Eso mismo pensó hacía años, aquella también fue la última vez.

Tiró de la manta, y miles de partículas de polvo brillaban debido al sol que entraba entre las ruionas paredes de madera de aquel desván.

La acarició, y cabizbajo se propuso devolverla una última vez a la vida.

continuará…

2010

Publicado en General el 31 Diciembre 2009 por sega

Freddie Freeloader de Miles Davis suena en mi pc mientras espero la entrada de este nuevo año.

Feliz Nuevo año!!

Paralelos

Publicado en Pensamientos, Relatos de mi cosecha el 24 Diciembre 2009 por sega

Paralelo 1

El presidente de turno de los EE.UU tenía en una de sus rodillas a una chica llamada Silvia de 4 añitos. Era pelirroja y tenía dos coletas a ambos lados de su pequeña cabeza. Encima de ella, un libro, el que ella había elegido.

La clase aguardaba sentada en silencio, a la espera de que su presidente les contase aquel cuento.

Erase una vez dos niños, que a la salida del colegio vieron una hermosa higuera. Ambos niños decidieron pararse a coger algunos higos para comérselos.

Uno de ellos cogió tres, mientras el otro cogía y cogía y cogía y se los guardaba en el bolsillo de su pantalón.

Cuando casi no quedaban higos, decidió marcharse a casa, burlándose de su amigo de todo lo que había cogido en comparación con él.

Cuando llegaron, el primer chico se comió un higo, le dió otro a su madre y guardó uno por si algún amigo suyo quisiera probarlo.

El segundo chico, sin embargo, fue durante todo el camino mordiendo y tirándolos y cuando llegó a casa, comprobó que no le quedaban más, entre otras cosas, fue debido a que había apretado demasiado su bolsillo de pantalón para que cogiesen todos, que al final éste había cedido y se había roto, dejando escapar todos los higos que allí guardaba.

Rompió a llorar, había entendido que no lo había hecho bien, y su amigo y vecino a la vez, y al escuchar el llanto desconsolado de su amigo decidió regalarle el higo que aún guardaba.

Entonces le dijo:

- “Para otra vez, intenta pensar en la forma que no se te rompa el bolsillo“.

En ese momento, alguien irrumpió en la clase. Un hombre vestido de traje negro con gafas de sol le pasó una pequeña nota al Presidente, que decía;

“La temperatura ha ascendido 4 grados más de lo estipulado. Comienza el mundo a destruirse”.

Por un momento, el Presidente se quedó pensativo. Al cabo de un rato, pensó; esto es tan solo un cuento para niños.

Paralelo 2

Que conste que no fue por avisos, nadie puede decir que no lo sabía.

Alguien se dedicó a hacer fotografías por si alguien preguntara, ya que pensaba que con el tiempo seguro vendría algún estúpido a decir que eso nunca ocurrió.

Fueron tantos años tras años de malos tratos a ella, que se hizo habitual entre los que le rodeaban. Todo el mundo parecía estar de acuerdo en que eso tenía que cambiar, pero todo se quedó en eso, en un cuento de niños. Sin duda se había roto el bolsillo.

Tantos años callada que por fin rompió su silencio, y de qué forma. Tanto fue así que ahora éramos nosotros quienes enmudecimos.

La naturaleza.

Paralelo 3

Recordando viejos tiempos, me llegó a la memoria momentos que hasta ahora no recordaba.

Cuando era pequeño, y de camino al colegio, recuerdo ir con mis botas de plástico -llamadas botas de agua- y todos los niños de mi edad pensábamos que con ellas se podía uno meter en todos los charcos sin mojarse. Luego pasábamos el día con los pies helados, pero con la satisfacción de haberse metido en la profundidad de aquellas lagunas para nosotros.

Recordaba cómo se congelaba todo lo que contenía agua en mi ciudad. Nevar no nevaba pero sabíamos que los inviernos nos iba a traer excecionales pista de patinaje. Más de uno partió la capa congelada y se mojó hasta  las rodillas. Quizá era lo que tenía de emocionante.

Pues vereis, ¿habéis visto alguna vez moscas en diciembre?. Esto, a simple vista, es totalmente inviable. El caso es que mientras escribo esto, hay dos sobre mi teclado. Supongo que reinvindican que invierno y moscas no están hechas para vivir juntas. Algo les pasa a las moscas, o algo le pasa al invierno.

El 15 de diciembre, estuve tomando el sol en mi terraza. Tanto fue así que tuve que meterme, porque hacía un calor terrible. No vivo en Africa, por si alguno lo pensara. El caso es que en octubre, estuve en la playa tomando el sol. Vi por la televisión, como en noviembre y entrado diciembre, también se podía tomar el sol en algunos puntos de nuestro país.

Mis macetas tuvieron una segunda primavera en octubre, ahora, pienso no saben en qué mes están y algunas tienen flores, otras frío.

Ayer bajaba hacia el supermercado y andaba pasando calor. Menos mal -pensé-, que llevo tan solo una camisa y un fino jersey.

Pues si, más nos vale hacer fotografías de lo que ocurre, y tener buena memoria, porque si salimos vivos de esta, seguro vendrá algún estúpido a decirnos, con el tiempo, que esto nunca ocurrió.

Día de Reyes

Publicado en Relatos de mi cosecha el 14 Diciembre 2009 por sega

Año tras año y como cada seis de enero, a veces incluso antes que saliera el primer rayo de luz del día, se destapaba sus mantas de la cama y de un salto se ponía su bata de color rosa y sus zapatillas de estar por casa y corría hacía el salón donde y debajo del árbol de navidad le aguardaban múltiples regalos.

Allí, en el rincón adornado de cajas envueltas de papel plateado, rojo metalizado, azul o dorado con círculos plateados y lazos azules, blancos o verdes y pegados con cinta celofán, un pequeño papel con un nombre puesto en rotulador. Atrás quedaba aquel magestuoso árbol de navidad con múltiples luces y adornos navideños.

Buscó con la mirada sin antes apenas decir “buenos días” aquellos regalos que pudieran tener en esos pequeños papeles la palabra “Carmen”. Así se llamaba ella y tenía que identificarlos entre otros tantos nombres familiares.

Apenas ya esperaba a su hermana, de un año más de edad, a que se levantase de la cama y se dispusiera a abrir los regalos en familia, y esto le parecía un suplicio, e intentaba sin éxito aguantar sus deseosas ansias por descubrir esos nuevos mundos que se encontraría detrás de aquellos envoltorios mágicos.

Ya y una vez todos en el salón decorado de aquella casa, se disponía a abrir todos y cada uno de los regalos de forma casi compulsiva para descubrir aquello que ese año, sus majestades, Los Reyes Magos habían decidido regalar por haber sido una chica buena.

Para cuando abría el último regalo su sonrisa tornaba a media, y es que ya hacía unos pocos de eneros no encontraba aquello que quizá había -con el tiempo- perdido.

La infancia.

Deseos en avión de papel

Publicado en Relatos de mi cosecha el 4 Diciembre 2009 por sega

Los adolescentes enamorados, condenados a muerte, esperaban la mañana que les separaría arrebatándoles la vida.

Su último deseo era estar juntos, un lapiz y un papel. Se pensaron muy mucho el comité de sabios si era recomendable esta última petición -ya que la de estar juntos no era problema, de la celda era imposible salir-. Al final de casi todo el día meditando, abrieron la pequeña compuerta que tenía la pesada puerta de acero y ahí estaba su petición.

Un papel y un lápiz mirado y estudiado minuciosamente.

Escribieron unas palabras en cada doblez hasta formar un avión de papel. Eran unas palabras previamente pensadas y muy sentidas.

Desde la minúscula ventana de aquella celda, y cuando todos dormían, tiraron el avión de papel hacia el exterior. Una ráfaga de viento lo llevó algo más lejos, para caer en un campo cercano a cien metros de la prisión de seguridad.

A la mañana siguiente, bien temprano, cogieron a los presos y los condujeron hasta el centro de aquella plaza de suelo empedregado. Allí les esperaba la ahorca, en mitad de una enfurecida urbe que aguardaba expectante.

En todo momento, aquel comité de sabios seguía minuciosamente cada paso de las víctimas, por si a última hora ocurría algo inexperado. Pero todo salió como lo acordaron.

A las doce horas y un minuto de la mañana un silencio sepulcral, entremezclado por un pequeño murmullo de voces susurrantes, era irrumpido por el sonido de la cuerda que se extendía hasta su máximo, y dos gargantas lanzaban su último grito, su último aliento hasta desfallecer.

Las gentes se iban silenciosas por aquellas calles hasta desaparecer. Allí quedaban los dos cuerpos, con la cabeza tapada por sacos negros. Colgados al vacio. Ahora eran las palomas las que irrumpían tímidamente aquel lugar de muerte.

A las dos semanas, el hijo pequeño del Rey y jugando a un juego de balón dentro de uno de sus patios, le dió con tanta fuerza que rompió el cristal y accedió hacia el campo.

Éste y sin pensarlo dos veces, salió por la puerta prohibida y cuando nadie le veía y recogió su balón. Era tan bonita la estampa naturaleza que decidió andar algo por aquel lugar desconocido.

A su paso, riachuelos, árboles bicentenarios, canto de pájaros, algún que otro animal que corría y que apenas podía distinguir y un camino estrecho de flores que siguió durante algo menos de diez minutos.

Al fondo, una arquitectura dura, quizá reconoció una casa de piedra gris, cuadrada algo ruda, distinta a lo acostumbrado por sus ojos. Era inmensa y había torretas con guardianes a sus laterales. Se escondió para no ser visto y gateando de vuelta vió un avión de papel.

Cada doblez tenía una palabra que no entendía demasiado bien, aún era jóven y quería que su abuelo -su máximo confidente- se lo leyese.

Al regresar, y cuando nadie andaba alrededor, se acercó a su abuelo, que se calentaba en una chimenea mientras leía un libro y le pidió que leyese la nota:

La primera doblez decía “amistad”.

El abuelo preguntó de donde había salido el avión y él le dijo que se lo encontró a la puerta del castillo. El abuelo le miró desconfiado pero siguió leyendo.

La segunda doblez decía “gratitud”.

El abuelo comenzó a interesarse mucho por el avión y decidió abrir la última doblez, que a su vez era la más grande de todas.

La tercera doblez ponía “amor”.

Entonces el jóven preguntó al abuelo que qué era aquel edifició gris y cuadrado que había cerca del castillo. El abuelo asustado le dijo que nunca debía acercarse allí, y que aquello era la carcel de seguridad que había mandando hacer su padre para los condenados a muerte.

Entonces el chico le preguntó al abuelo si realmente merecían morir, y el abuelo miró abajo y le dijo: hazle caso a esta nota, y que no se te olvide nunca ni la amistad, ni la gratitud, ni el amor.

Más adelante, con los años, el jóven supo de una pareja de enamorados que fueron ahorcados en la plaza del pueblo. El Rey -su padre- había mandado su muerte por sublevarse contra él.

Aquellas muertes y con el tiempo seguían sucediéndose sin que nadie pudiera evitarlo.

A el chico no se le olvidó aquellas palabras que le dijo su abuelo, ni tampoco se olvidó de aquel avión de los enamorados. Entendió que aquellas esperanzas depositadas en el avión las echaron a volar para que un día llegase a la humanidad. Los sabios, pensaron y repensaron la forma de que aquella pareja no interfiriese en el proyecto del Rey, pero nada más lejos de la realidad, fue a parar aquella nota al corazón del reino.

Ese día, cogió un lapiz, una semilla y el avión de papel y se dispuso a llegar al punto donde lo encontró.

Cuando llegó, escribió algo en el avión de papel, en una doblez más, puso la semilla dentro del avión, hizo un agujero, lo metió y tapó el avión con arena, prensándola bien para que no se quedase nada fuera.

Pasaron los años y en el lugar donde el chico había dejado el avión ahora era sustituido por un gran arbusto de maranta. Estaba repleto de flores blancas.

El padre y él habían confrontado mucho sobre cómo llevar el reino pero hasta que no murió el padre, no pudo hacer nada.

Esperó hasta aquel día, y cuando así ocurrió, y desde aquel momento, mandó derruir la carcel y abolió la pena de muerte.

Cuando el Rey necesitaba pensar, se sentaba en aquel lugar, al lado del matorral de maranta. Aquel matorral era su fuente de inspiración. A cada idea mejor para el pueblo mayor era el matorral.

Los sabios nunca supieron qué fue lo que hizo cambiar de opinión sobre su padre y por qué ahora no se mataba a quienes consideraban personas non gratas.

Pasaron los años, y fueron años de alegría, de tranquilidad, de respeto y de armonía entre sus gentes.

Los hijos del Rey habian heredado la sensiblidad y el amor por los demás, y el se sentía complacido.

Cuando ya estaba muy mayor dejó una nota escrita antes de morirse para que la leyeran una vez perdiera la vida.

Aquel día, en su lecho de muerte, los hijos lo lloraban y rezaban porque no se muriese. Decidieron leer la nota que les había dejado su padre años atrás y decía así:

Una vez vino volando en un avión de papel, deseos humanos que hasta entonces eran imposibles de realizar. Estos eran la amistad, la gratitud y el amor.Para ello era necesaria una caraterística más. La añadí conjuntamente con una semilla de maranta como símbolo de la instauración de aquellos deseos. Conforme fuí creciendo como Rey la maranta fué creciento como planta. Ahora los deseos, el Rey y la maranta son adultos.

Los hijos no supieron de qué deseo se refería su padre y se apresuraron a preguntarle, para así poder perpetuarlo y seguir reinando como su padre lo había hecho.

El padre, les dijo:

- “Ahora vivís en él, mantenedlo. El deseo que añadí fue la paz“.

Kenia

Publicado en Infancia el 2 Diciembre 2009 por sega

Raro era el mes que no tenía el balón “tango” nuevo de fútbol para estrenarlo en la “tierra amarilla”.

Esta era un pequeño lugar con un transformador de electricidad en medio, unos cuantos árboles rodeándolos, y en los laterales los edificios y cerrando el círculo, la iglesia del barrio.

Los bancos de hierro rojos oscuros servían de porterías, aunque nosotros éramos más pequeños y hacíamos hoyos en la parte más reducida de aquel parque de tierra amarilla.

No era época de canicas, ni de bicicletas -que casi siempre coincidia con el tour de Francia-, ni de baloncesto, ni de trompos o beisbol, era el tiempo -eterno y continuado- del fútbol.

Siempre que llegaba del colegio, me vestía rápido de jugador del atlético de madrid y ahí estaba él, con su impoluto balón, y nuestros vecinos de mismas edades. Se jugaba un minipartido de fútbol para rápidamente a las una y media -o dos con regañina de mi madre-, comer y otra vez al colegio a las tres y media hasta las cinco.

Pero esos partidos no eran precisamente fáciles de realizarse.

En la tierra amarilla bajaban además, niños más pequeños que andurreaban por los jardines o intentando que si faltara alguien en nuestro partido, poder meterse a jugar, …y los grandes, que andaban con petardos o molestando a los más pequeños.

Él era el típico niño arrogante y a la vez inocente y eso daba para muchas burlas.

Día si y día también, le robaban los niños grandes el balón para jugar ellos a “aire” que consistía en darle un balonazo hacia arriba al balón a la vez que decían “aaaaaaaaaaaaaaaire” sin devolvérselo y raro era el día que no acababa embarcado en cualquier casa inabitada y de imposible acceso al balón. También era raro el mes que no tenía que hacerse de otro, ya que el anterior estaba pinchado o embarcado.

Todo esto venía además porque no les dejábamos jugar. Los juegos con el balón con los niños grandes eran balonazos hacía él y burlas. Así no había forma de acabar bien. Con eso, además  le quitaron las ganas de seguir pensando que era un buen portero -que de principio las tenía-.

Aquella tarde bajó el tangó oficial de la liga española, único entonces en el barrio. Había otro balón con que no quiso ni tan siquiera estrenarlo, apenas incluso dejó tocarlo, y lo colocó a un lado de uno de los hoyos que simularon un poste de portería, mientras jugábamos.

Al poco de aquel minipartido los niños grandes pronto divisaron el balón y pronto comenzaron su absurdo juego de “aire”.

También pronto -como casí todos los días- gritaba llorando “papaaaaaaaaaaaaa” al sexto piso de aquel bloque colindante al parque y como también casi todos los días su padre, camiseta desabrochada y medio descamisado se acordaba de la madre o padre de alguno y ahí ponía fin a la via macarra.

Pero aquel día marcó un antes y un después en nuestras vidas y sobretodo en la de mi vecino.

Después de un rato de “aire” y llorar un rato detrás del balón y sin conseguir su objetivo, y después de llamar dos o tres veces a voces a su padre, éste se asomó a la ventana, diciendo la histórica frase que marcó para siempre los recuerdos de cuantos allí vivimos:

- “Que ni al viento lo toque“.

Lejos de asustar, los niños grandes, y tras unos segundos de perplejidad,  rompieron a risas.

Desde aquel momento, mi vecino se denominó “Kenia” el hijo del viento.

Asesinato pasional (Tercera parte)

Publicado en Relatos de mi cosecha el 1 Diciembre 2009 por sega

Acto 3. Desenlace.

Por más que insistía la policía  no lograba sacarle a Manuel dónde había dejado el cuerpo de la víctima. Tan sólo explicó que la abandonó en el lugar donde abandona todas las cosas que le hicieron daño alguna vez. La policía no paró de rastrear su casa y dependencias, pero no había chica, no había signos de violencia, no había nada…

Cuando llegué me sentaron en una habitación semi oscura y estuve allí casi quince minutos sin saber qué o por qué causas estaba allí. Pensé en muchas cosas, y repasé mentalmente todo lo que había estado haciendo tiempo atrás, por si algo hubiese hecho tan sumamente mal sin darme cuenta, que me hubiese llevado a aquel frío lugar.

Aparecieron dos policías de paisano, me preguntaron sobre si quería esperar a mi abogado, debido a que iba a hacer un testimonio que me podría implicar directamente en el asesinato de una persona. Tenía tan claro que no había matado a nadie, que decidí hablar sin abogado.

Me comentaron que Manuel, en su declaración me había inculpado sobre los celos que habían provocado la muerte de su novia. Él no superó nunca que ella me hubiese visto, que hubiese estado conmigo y que tampoco le hubiese dicho nada a él.

Le conté a los policías que me había inventado la historia para ver si él tenía o no celos de mi, para ver el motivo de ocultarme su vida.

Ellos comenzaron a ponerse nerviosos, debido a que cada vez la historia se complicaba más. No querían dejar a un presunto asesino suelto por no tener las pruebas necesarias -a pesar de la auto inculpación-.

Me detuvieron esa noche, tuve que buscarme un abogado. El juez me dejó en libertad sin fianza, pensando en que mi implicación en el caso sería nula. Por suerte creyó mi versión.

Por fin y para aclarar las cosas tuvimos un careo. Nos sentaron a él y a mi en la misma habitación para hablar de lo sucedido.

Él todo este tiempo había estado en prisión provisional.

Los policías estaban detrás del cristal, expectantes.

Cuando entré lo vi sentado. Más flaco y blanco que nunca. Le pregunté como estaba y apenas contestó.

- “Siento haberte metido en esto”. Dijo.

- “No te preocupes Manuel, saldremos de esta, pero necesito que me cuentes qué ha pasado”.

- “La maté. No podía aguantar tanta presión. Ella me juraba y perjuraba que no te vio, pero se que tu no me mientes, y ella si, tuvimos peleas, disgustos, ya no me creía nada de lo que me decía, de donde estaba, de con quien… no podía estar tranquilo un segundo y mi mundo se derrumbó. Pensé que era lo mejor”.

- “Como puedes decir eso. Hay mil alternativas a eso. Qué será de ti ahora…”

- “Acaso crees que me importa”.

- “Pero te importará!!”, hubo un silencio…

- “Mira Manuel tengo que confesarte algo, y siento que hayamos llegado a esta situación por mi culpa, me siento como un estúpido además de culpable de todo esto y tengo que contártelo. En realidad no la vi, me lo inventé porque me molestó que ni tan siquiera me la hubieses presentado, me hubieses hablado de ella antes, me molestó mucho que yo te abriera mi vida y tú te guardaras la tuya, pero jamás iba a pensar en este desenlace, …jamás,  y créeme estoy muy arrepentido”.

Comenzaron a brotarle lágrimas… pensé que era su peor momento. Había matado a su novia y ahora se sentía traicionado por su único amigo.

- “Ahora es momento de hacer las cosas bien Manuel, dime donde está la chica y acabemos con esto, piensa que ella no te mentía, era verdad que no me había visto”.

Entonces Manuel, cambió la cara, y comenzó a sonreír.

Yo no daba crédito a su comportamiento.

- “Manuel, debes decirme donde está la chica”.

Se peinó como pudo con su mano, mientras seguía sonriendo, y dijo;

- “La chica vuelve a estar bien, ya tengo ganas de volver a verla a solas. La acabo de revivir”.