Los adolescentes enamorados, condenados a muerte, esperaban la mañana que les separaría arrebatándoles la vida.
Su último deseo era estar juntos, un lapiz y un papel. Se pensaron muy mucho el comité de sabios si era recomendable esta última petición -ya que la de estar juntos no era problema, de la celda era imposible salir-. Al final de casi todo el día meditando, abrieron la pequeña compuerta que tenía la pesada puerta de acero y ahí estaba su petición.
Un papel y un lápiz mirado y estudiado minuciosamente.
Escribieron unas palabras en cada doblez hasta formar un avión de papel. Eran unas palabras previamente pensadas y muy sentidas.
Desde la minúscula ventana de aquella celda, y cuando todos dormían, tiraron el avión de papel hacia el exterior. Una ráfaga de viento lo llevó algo más lejos, para caer en un campo cercano a cien metros de la prisión de seguridad.
A la mañana siguiente, bien temprano, cogieron a los presos y los condujeron hasta el centro de aquella plaza de suelo empedregado. Allí les esperaba la ahorca, en mitad de una enfurecida urbe que aguardaba expectante.
En todo momento, aquel comité de sabios seguía minuciosamente cada paso de las víctimas, por si a última hora ocurría algo inexperado. Pero todo salió como lo acordaron.
A las doce horas y un minuto de la mañana un silencio sepulcral, entremezclado por un pequeño murmullo de voces susurrantes, era irrumpido por el sonido de la cuerda que se extendía hasta su máximo, y dos gargantas lanzaban su último grito, su último aliento hasta desfallecer.
Las gentes se iban silenciosas por aquellas calles hasta desaparecer. Allí quedaban los dos cuerpos, con la cabeza tapada por sacos negros. Colgados al vacio. Ahora eran las palomas las que irrumpían tímidamente aquel lugar de muerte.
A las dos semanas, el hijo pequeño del Rey y jugando a un juego de balón dentro de uno de sus patios, le dió con tanta fuerza que rompió el cristal y accedió hacia el campo.
Éste y sin pensarlo dos veces, salió por la puerta prohibida y cuando nadie le veía y recogió su balón. Era tan bonita la estampa naturaleza que decidió andar algo por aquel lugar desconocido.
A su paso, riachuelos, árboles bicentenarios, canto de pájaros, algún que otro animal que corría y que apenas podía distinguir y un camino estrecho de flores que siguió durante algo menos de diez minutos.
Al fondo, una arquitectura dura, quizá reconoció una casa de piedra gris, cuadrada algo ruda, distinta a lo acostumbrado por sus ojos. Era inmensa y había torretas con guardianes a sus laterales. Se escondió para no ser visto y gateando de vuelta vió un avión de papel.
Cada doblez tenía una palabra que no entendía demasiado bien, aún era jóven y quería que su abuelo -su máximo confidente- se lo leyese.
Al regresar, y cuando nadie andaba alrededor, se acercó a su abuelo, que se calentaba en una chimenea mientras leía un libro y le pidió que leyese la nota:
La primera doblez decía “amistad”.
El abuelo preguntó de donde había salido el avión y él le dijo que se lo encontró a la puerta del castillo. El abuelo le miró desconfiado pero siguió leyendo.
La segunda doblez decía “gratitud”.
El abuelo comenzó a interesarse mucho por el avión y decidió abrir la última doblez, que a su vez era la más grande de todas.
La tercera doblez ponía “amor”.
Entonces el jóven preguntó al abuelo que qué era aquel edifició gris y cuadrado que había cerca del castillo. El abuelo asustado le dijo que nunca debía acercarse allí, y que aquello era la carcel de seguridad que había mandando hacer su padre para los condenados a muerte.
Entonces el chico le preguntó al abuelo si realmente merecían morir, y el abuelo miró abajo y le dijo: hazle caso a esta nota, y que no se te olvide nunca ni la amistad, ni la gratitud, ni el amor.
Más adelante, con los años, el jóven supo de una pareja de enamorados que fueron ahorcados en la plaza del pueblo. El Rey -su padre- había mandado su muerte por sublevarse contra él.
Aquellas muertes y con el tiempo seguían sucediéndose sin que nadie pudiera evitarlo.
A el chico no se le olvidó aquellas palabras que le dijo su abuelo, ni tampoco se olvidó de aquel avión de los enamorados. Entendió que aquellas esperanzas depositadas en el avión las echaron a volar para que un día llegase a la humanidad. Los sabios, pensaron y repensaron la forma de que aquella pareja no interfiriese en el proyecto del Rey, pero nada más lejos de la realidad, fue a parar aquella nota al corazón del reino.
Ese día, cogió un lapiz, una semilla y el avión de papel y se dispuso a llegar al punto donde lo encontró.
Cuando llegó, escribió algo en el avión de papel, en una doblez más, puso la semilla dentro del avión, hizo un agujero, lo metió y tapó el avión con arena, prensándola bien para que no se quedase nada fuera.
Pasaron los años y en el lugar donde el chico había dejado el avión ahora era sustituido por un gran arbusto de maranta. Estaba repleto de flores blancas.
El padre y él habían confrontado mucho sobre cómo llevar el reino pero hasta que no murió el padre, no pudo hacer nada.
Esperó hasta aquel día, y cuando así ocurrió, y desde aquel momento, mandó derruir la carcel y abolió la pena de muerte.
Cuando el Rey necesitaba pensar, se sentaba en aquel lugar, al lado del matorral de maranta. Aquel matorral era su fuente de inspiración. A cada idea mejor para el pueblo mayor era el matorral.
Los sabios nunca supieron qué fue lo que hizo cambiar de opinión sobre su padre y por qué ahora no se mataba a quienes consideraban personas non gratas.
Pasaron los años, y fueron años de alegría, de tranquilidad, de respeto y de armonía entre sus gentes.
Los hijos del Rey habian heredado la sensiblidad y el amor por los demás, y el se sentía complacido.
Cuando ya estaba muy mayor dejó una nota escrita antes de morirse para que la leyeran una vez perdiera la vida.
Aquel día, en su lecho de muerte, los hijos lo lloraban y rezaban porque no se muriese. Decidieron leer la nota que les había dejado su padre años atrás y decía así:
Una vez vino volando en un avión de papel, deseos humanos que hasta entonces eran imposibles de realizar. Estos eran la amistad, la gratitud y el amor.Para ello era necesaria una caraterística más. La añadí conjuntamente con una semilla de maranta como símbolo de la instauración de aquellos deseos. Conforme fuí creciendo como Rey la maranta fué creciento como planta. Ahora los deseos, el Rey y la maranta son adultos.
Los hijos no supieron de qué deseo se refería su padre y se apresuraron a preguntarle, para así poder perpetuarlo y seguir reinando como su padre lo había hecho.
El padre, les dijo:
- “Ahora vivís en él, mantenedlo. El deseo que añadí fue la paz“.